Un día en la Córdoba del siglo X

La ciudad más grande de al-Andalus es Córdoba, que no tiene equivalencia en todo el Magreb más que en la alta Mesopotamia, Siria o Egipto por la cifra de la población, su extensión urbana, el gran espacio ocupado por los mercados, la limpieza de los lugares, la arquitectura de las mezquitas o el gran número de baños y caravasares.
Ibn Hawkal Viajero oriental que llegó a Córdoba en el s.X

Capital de al-Andalus, Córdoba fue durante el Califato de los Omeyas en el siglo X una de las metrópolis más pobladas de Occidente, sólo comparable a Bagdad, Damasco y Constantinopla. Lugar de encuentro de científicos, escritores y filósofos ávidos de transmisión e intercambios de saberes, fue elogiada y admirada por quienes la visitaban.

Parte de su extensión se circunscribió al recinto amurallado de origen romano, la “madina”. Tenía unos cuatro kilómetros de perímetro y siete puertas que fueron rodeados externamente de arrabales y necrópolis. En la madina se ubicaban los edificios de mayor relevancia como la mezquita aljama, el alcázar, baños públicos y privados, espacios destinados al comercio: la alcaicería, zocos y alhóndigas,… así como una densa red viaria y un tupido caserío doméstico.

Las Puertas

Córdoba fue conocida por algunos cronistas de la época como “la ciudad de las siete puertas”. Una instantánea de la puerta de Almodóvar llamada Bab al-Yawz o puerta del Nogal, todavía en pie, refleja el bullicio diario de entradas y salidas de vecinos, comerciantes y mercancías.

El espacio doméstico

Partiendo de la filosofía de ver sin ser vistos, la vivienda andalusí se insertaba en un complejo de calles serpenteantes que permanecían abiertas durante el día para cerrarse al anochecer.
La vida giraba en torno al patio facilitando la luz al resto de las dependencias. Limoneros, naranjos y arriates regados por el agua de un pozo central componían un pequeño paraíso ante las cálidas temperaturas estivales.
El patio también fue el espacio femenino de la casa por excelencia, donde las mujeres se reunían, hilaban, conversaban o incluso en ocasiones calentaban las comidas en anafres u hornillos portátiles, esperando la vuelta al hogar de los varones tras la jornada de trabajo.

Una iglesia mozárabe

Los cristianos vivieron durante el siglo X en arrabales a extramuros de la medina, junto a los entornos de basílicas como la de San Pedro, que guardaba las reliquias de los mártires romanos. Aunque no se conserva el templo originario, sino una parroquia del siglo XIII modificada en siglos posteriores, una vivaz maqueta reproduce la arquitectura “mozárabe” en el momento del ceremonial religioso.

La sinagoga

Aunque no consta cómo fueron los templos judíos de la ciudad califal, la sala muestra una réplica de la última sinagoga construida en Córdoba. Fue obra de los alarifes musulmanes a principios del siglo XIV y es visitable hoy en el barrio de la Judería.

El zoco

El gran cronista cordobés Ibn Hayyan refiere que el zoco, ubicado en las proximidades de la mezquita aljama, acabó devorado por un incendio asolando:

”todos los establecimientos de la arteria principal, alcanzando las llamas las tiendas de los laneros (…), el mercado de los perfumistas y las tiendas de los sederos”.

2836975764Tras este suceso, acontecido en el año 936, se edificó otro mercado en el lado opuesto. En él siguieron vendiéndose productos reconocidos por su gran calidad en todo el Mediterráneo: tejidos de terciopelo, lana, fieltro, sedas, varias especialidades,… Los ciudadanos acudían allí en burro o acémilas como medio de transporte, y regateaban hasta conseguir la mercancía interesada. Una maqueta reproduce una escena comercial bajo las arquerías del patio de Casa de las Bulas. Este moderno zoco de artesanía está en funcionamiento desde hace décadas y en pleno corazón de la Judería.

Los baños

A fines del siglo X, la ciudad dispuso de entre trescientas y seiscientas casas de baños que cumplían con una función que trascendía lo meramente higiénico, pues además se conversaba y se descansaba. La necesidad de realizar abluciones rituales previas a la oración implicaba su ubicación junto a las mezquitas. Dentro del entramado urbano islámico, las termas del hammam quedaban casi encubiertas, con el objetivo de preservar el calor y lograr la intimidad a los ojos de los viandantes.
Existían distintos horarios según el sexo y religión de los clientes. Los hombres acudían por la mañana y las mujeres por la tarde, siendo allí peinadas, depiladas, maquilladas y perfumadas. Siguiendo la tradición previa al casamiento, las siete noches que precedían a la boda, las novias acudían acompañadas de amigas. En un ambiente festivo se encargaban de adornar su piel con
alheña (henna) u otras sustancias, como las fragancias.
Las reproducciones que muestra la sala recrean el ritual que cualquier cliente seguía en el hammam, al desvestirse, calzar zuecos, penetrar en la de sala de agua fría, templada y caliente. Los mozos lo enjabonaban y aclaraban con cubos de agua casi hirviendo extraída de las pilas a través del hipocausto, un sistema de calefacción empleado por los romanos.
Los juegos de luces que atravesaban los coloreados vidrios de los lucernarios llenan la escena de un realismo que transmite las sensaciones que pudieron vivirse en estos rincones de la ciudad.

El saber en la Córdoba del siglo X

La época califal dio gran impulso a la actividad intelectual mediante la enseñanza y el cultivo de estudios científicos, literarios y filosóficos. El cenit de esta actividad se alcanzó durante el califato de al-Hakam II, quén envió emisarios al Oriente islámico en busca de manuscritos para su extensísima biblioteca; una de las más importantes de la Edad Media. Calculada aproximadamente en más de cien mil volúmenes y cuyo catálogo, según describe el polígrafo cordobés Ibn Hazm, constaba de cuarenta y cuatro cuadernos. Numerosos copistas, entre los cuales también había mujeres, trabajaban diariamente en palacio.

Música y ensueño en los jardines de palacio

Recinto fortificado y vigilado, casi inexpugnable, el alcázar simbolizaba el poder califal en el corazón del Estado andalusí. Constituido por recintos reformados y ampliados a lo largo del tiempo, albergaba el aparato administrativo y funcionarial de la corte, caballerizas, graneros, almacenes y estancias para el servicio palatino.
Los cronistas andalusíes citan cómo el sector privado contenía espacios de recepción, baños, palacetes de recreo y zonas ajardinadas que, en ocasiones,recibían nombres tan evocadores como: salón elegante, bendito, salón de la alberca, palacio maravilloso o alcázar de la alegría.
La “Casa del Jardín” embellecida por maestros venidos de Bagdad y Constantinopla, pudo ser testigo de banquetes y festejos animados por música y poesía, hasta bien entrada la madrugada.
Los invitados, cuyas cabezas solían perfumarse con algalia, disfrutaban de los placeres de la mesa, el intenso aroma de las flores y de la poesía recitada o cantada en honor al príncipe de los creyentes bajo sones de laúd, flauta y rabel.

Wad al-kabir: Guadalquivir, el gran río

Cuentan las crónicas que el emir Omeya Abd al-Rahman II, ya moribundo y antes de exhalar su último aliento, pidió a sus sirvientes que lo trasladaran a la azotea del alcázar para ver por última vez la panorámica de los veleros surcando el Guadalquivir. Se recrea así una estampa habitual de un río navegable, con sus molinos y el arrecife o muelle, bajo las alas móviles de Abbas Ibn Firnás, creador de un artilugio volador seis siglos antes que el propio Leonardo Da Vinci, con el deseo de sobrevolar la ciudad a pesar de sus varios intentos fallidos. Un río atravesado por un puente reparado en varias ocasiones, y que como refería el cronista Isa al- Razi:

“Es la madre que amamanta a la ciudad , el punto de confluencia de sus diferentes caminos, el lugar de reunión de sus variados aprovisionamientos, el collar que adorna su garganta y la gloria de sus monumentos insuperables”.