Intercambio y transmisión de saberes.

La conversación entre Averroes e Ibn Arabi revela dos modelos de pensamiento que al-Andalus heredó del mundo clásico. La tradición aristotélica del primer gran maestro mediante la búsqueda de la verdad a través de la razón se contrapone al misticismo que el joven Arabi practicó y legó al Islam.

“En aquella época yo era todavía un joven imberbe. Al entrar en su casa, Averroes se levantó para acogerme con grandes signos de amistad y afecto y me besó. Después me dijo: ‘¿Sí?’, y yo le respondí: ‘Sí’. Mostró alegría al ver que le comprendí. Al observar el motivo de su júbilo, le dije: ‘No’. Entonces se sorprendió, palideció y diríase que dudaba de sí mismo. Seguidamente me hizo la siguiente pregunta: ‘¿Qué respuesta has encontrado a las cuestiones de la Revelación y de la gracia divina?, ¿coincide tu respuesta con la que se nos da en el pensamiento especulativo?’. Y yo le contesté: ‘Sí-No’, ‘Y entre el Sí y el No los espíritus vuelan más allá de la materia y las cabezas se separan de los cuerpos’. Al escuchar esto, Averroes palideció e incluso tembló y escuché sus labios murmurar: ‘No hay más fuerza y poder que la que viene de Dios’… Por tanto, había comprendido.”

Uno de los alumnos más aventajados de Averroes, el judío Moseh ben Maimón, Maimónides, llevó a su comunidad a las más altas cotas de la medicina, ciencia y filosofía en la historia. Como su maestro, ejerció su profesión en corte de sultanes y también se vio obligado como él a emigrar de Córdoba, ante la presión intransigente de las doctrinas de los almohades en al-Andalus. Maimónides escribió la mayor parte de su obra en árabe y en una determinada “aljamía” o árabe escrito con caracteres hebreos.
El exilio de los judíos hacia el Norte peninsular, como los Tibbón, supuso la traducción de los tratados de Averroes y Maimónides al hebreo y al latín, así como la trascendencia de su legado más allá del mundo islámico y judaico. Con su muerte, el pensamiento de ambos siguió vivo, generando debates en las universidades europeas, hasta asentar las bases de un renacimiento que empezaba a vislumbrarse.

De igual modo que el Islam helenizó el pensamiento hebreo por conducto de la literatura árabe, fueron los judíos quienes transmitieron al mundo cristiano la filosofía y la ciencia andalusí. Una simbiosis luego trasladada a los reinos peninsulares cristianos, inmersos en un caudal y trasvase de conocimientos que Alfonso X el Sabio, elevó a su corte con la creación de la Escuela de Traductores de Toledo.
Obras clásicas griegas y andalusíes fueron traducidas al latín. así como los textos sagrados de las tres religiones. Credos que fueron representados por prestigiosos intelectuales árabes, cristianos y judíos que enseñaron gramática, matemática o astronomía. Con la ayuda de astrónomos y cosmógrafos musulmanes, el rey elaboró las “Tablas Alfonsíes”, necesarias para la navegación, a la vez que propició escuelas bilingües en Sevilla o en Murcia donde se impartía ciencia y filosofía.
Este flujo y trasvase de conocimientos que al-Andalus, absorbió, generó y luego transmitió se personaliza en el discurso de cuatro personajes representativos de los siglos XII-XIII; Averroes, Maimónides, Ibn Arabi y Alfonso X el Sabio, cuyas efigies se representan en el museo.